ansiedad anticipatoria
Ansiedad anticipatoria: una redundancia gestionable
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La ansiedad anticipatoria es la activación que experimentamos ante la posibilidad de que algo malo ocurra. Pero la ansiedad es ya de por sí anticipatoria. El miedo se desencadena ante la expectativa de una amenaza: entonces hablamos de ansiedad.

 

El miedo y sus hermanos: estrés, ansiedad, angustia, ataques de pánico fobias…

En primer lugar, necesitamos hablar un poco del miedo. Se trata de nuestra emoción más antigua y que compartimos con la mayoría de los animales. Como emoción, reacciona ante un estímulo de forma inmediata y bloquea nuestra capacidad de pensar (próximamente publicaremos una entrada sobre “bloqueos emocionales”).

En el caso del miedo, su función, el “para qué sirve” es claro: protegernos de un peligro. El miedo se activa en una región del cerebro llamada “sistema límbico” (eso que los divulgadores gustan en llamar “cerebro reptiliano”), más en concreto en una glándula conocida como la amígdala.

 

Los síntomas del miedo y la ansiedad

El miedo provoca una larga serie de respuestas fisiológicas y conductuales que varían según la persona y el momento (o lo que es lo mismo: cosas que te pueden pasar cuando tienes miedo)

    • Incremento de la adrenalina en sangre  que puede provocar temblores). Incremento de glucosa necesaria para conseguir “energía rápida”
    • Mayor oxigenación. Nuestro corazón late más deprisa (taquicardias) y respiramos más rápido. Sin embargo un exceso de oxígeno en la sangre puede ser venenoso, así que cuando nuestro cuerpo detecta ese exceso, manda una señal a los pulmones para que dejen de respirar. Por eso, en los ataques de pánico, nos quedamos sin aire. La paradoja es que cuando más intentamos respirar, más nos bloqueamos
    • Nuestras pupilas se dilatan para que entre más luz y “ver mejor”; al mismo tiempo aparece una visión de túnel, para centrarnos en la amenaza.
    • Puede ser que te quedes congelado, o quieras salir huyendo (e incluso lo hagas), o bien quieras pelea.
    • Algunas personas se “mean” o “cagan” de miedo literalmente, ya que los músculos no necesarios se relajan para no consumir energía. En caso de estar haciendo la digestión, se puede llegar a vomitar.
    • Se bloquean todas las hormonas no necesarias en ese momento, entre ellas, las hormonas sexuales. Así que si tienes miedo a no cumplir o no dar la talla, no se te va a levantar.
    • Y -mi favorita- ¡nos volvemos más tontos! Nuestra amígdala bloquea nuestra parte del cerebro que toma decisiones o “piensa”, conocido como neocórtex, ya que pensar aumenta el tiempo de respuesta, algo que no nos podemos permitir en caso de peligro. Una de las zonas a las que llega menos sangre durante una situación de peligro es el cerebro. Por eso, algunas personas “se quedan en blanco”

 

El miedo es aquí y ahora; la ansiedad es para mañana

Lo que diferencia pues estas dos reacciones son el objetivo. El miedo se centra en el momento actual: la amenaza es evidente e inmediata. Un coche puede atropellarte, alguien quiere agredirte, estás a punto de caer por el balcón… No hay pensamiento, sólo reacción

De hecho, es nuesto intelecto  quien “la lía parda”, el que genera la ansiedad. Cuando imaginamos situaciones que para nosotros podrían ser amenazantes o peligrosas, esos pensamientos negativos activan nuestro miedo, ya que nuestro cerebro no diferencia entre realidad e imaginación.

La ansiedad anticipatoria no es un diagnostico estrictamente clínico. Es una forma más intensa de preocupación, con una característica muy concreta: que no encuentra solución. Si la encuentras y es válida para ti, la ansiedad desaparece.

En terapia breve conocemos esta forma de intentar solucionarlo como “querer controlar lo incontrolable para evitar lo temido”. Y es en este intento fallido de solución donde se alimenta nuestra ansiedad.

Qué hacer para disminuir la ansiedad “anticipatoria”

    • Plantéate en un momento de tranquilidad si aquello que crees que puede suceder tiene o no solución y si depende o no de ti.
    • Si tu ansiedad anticipatoria está provocada por hechos que no dependen de ti, esforzarte en encontrar una solución no generará más que pensamientos obsesivos o redundantes que te harán sentir incómodo.
    • La diferencia entre personas con y sin ansiedad es la capacidad de “ocuparse de los problemas” en lugar de “pre-ocuparse”.
    • Sin embargo, no hay que despreciar la idea de que aquellos pensamientos que te provocan ansiedad son importantes para ti. Lo suficiente como para que les dediques el tiempo que merecen.
    • Así que busca un espacio y un tiempo al día para elaborar esos pensamientos tanto como sea necesario. Mejor si estás solo y en un lugar neutro. Dedícales al menos media hora formal al día. Pon tu foco de atención exclusivamente en eso. Después de media hora, levántate de donde estés y sigue con tu rutina.
    • El resto del día, llega a un pacto con esos pensamientos. Algo así como “te agradezco que me traigas esta preocupación, pero ahora no es el momento adecuado para pensar en ello (ya le dedicarás el tiempo del que hemos hablado en el punto anterior).
    • Si temes olvidar alguna idea, no dudes en apuntarlo todo. Cuanto más precisa  y extensa sea la información sobre aquello que temes que pase, más podrás reflexionar sobre ello.
    • Plantéate también cual es la respuesta que buscas o la que “aplacaría” tu ansiedad anticipatoria. Si esa respuesta no existe o no es real, quizás lo erróneo está en la pregunta.
    • Y una reflexión final: nadie (al menos que yo conozca) puede anticipar el futuro. No al menos con la exactitud que probablemente necesitas. Así que puedes darle todas las vueltas que quieras. Sólo sabrás lo que va a suceder en el momento que esté sucediendo.

 

No antes.

 

Si realmente te das cuenta que esa ansiedad va ocupando cada vez más tiempo y no puedes librarte de ella, no dudes en consultarnos. Se puede vivir sin ansiedad y al menos, mantenerla a raya e incluso, ¡sacarle provecho!

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