Cómo vivir con una persona que se hace la víctima
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La etimología de la palabra víctima alude al honor del sacrificio, de animales o de personas, para ofrendar a los dioses.

¿Cuál es la diferencia entre una persona que se queja y una que se victimiza?

La persona que se queja quiere una solución mientras que la persona con una personalidad victimista quiere un problema.

Una persona que se hace la víctima es aquella que siempre atribuye las causas de su malestar a personas o circunstancias externas. Se relaciona con los demás desde la lástima manipulando los sentimientos del otro o, incluso, desde la culpa o del chantaje emocional.

En su libro Cómo vivir con un neurótico (Obelisco, 2004), el psicoterapeuta Albert Ellis describe al neurótico como el que tiene la mejor de las intenciones pero la peor de las ansiedades. En la victimización es justo al revés, la inseguridad y la debilidad se utilizan con la intención de desestabilizar al otro.

Un victimista crónico, en algún momento, va a hacer que juguemos al Triángulo Dramático de Karpman. Es una estrategia de manipulación en la que dos o más personas se reparten tres roles. Estos son rol de víctima, de perseguidor y rol de salvador; y se pueden “interpretar” de manera fija o alterna. Es la manera más efectiva de manipular a los demás: uno se hace la víctima y, a los demás, les atribuye el rol de salvador (normalmente el oyente de sus quejas, promoviendo el sentirse culpable) y el de perseguidor (cualquier despistado al que  pueda “cazar” en una falta).

¿El victimismo crónico “viene de fábrica” o se aprende?

Como en todas las patologías emocionales que afectan la construcción de nuestra personalidad, existen tres tipos de factores que contribuyen a que su expresión conductual:

  • Factores predisponentes: son los estímulos más biológicos, los menos accesibles a la influencia de la terapia. Por ejemplo, nacer con un temperamento ansioso o impulsivo
  • Factores desencadenantes: son estímulos que están en el entorno y que interiorizamos. Por ejemplo, aprender de familiares o amigos estrategias victimistas  que se perciben como exitosas.
  • Factores de mantenimiento: estímulos que sustentan un beneficio secundario (refuerzo o ancla). Por ejemplo, utilizar (con éxito) el victimismo para conseguir amor o llamar la atención.

La víctima cronificada, cree que no tiene otra forma de hacer que la gente se acerque a ella, sin embargo, a la larga, se quedará sola porque es agotador estar al lado de alguien que se victimiza. Su comportamiento es tan ineficaz o perjudicial que, en su frustración, acabará desplegando únicamente sentimientos de ansiedad, tristeza y enfado.

Madre o pareja manipuladora y victimista

Las personas con graves problemas emocionales, como los victimistas crónicos, tienen, normalmente, unos códigos morales muy estrictos. Juzgan y condenan a los demás por nimiedades (aunque son muy permisivos con ellos mismos). Creen que la sociedad les trata injustamente y piensan que se deben tomar represalias de algún tipo, empezando por la queja. Construyen una imagen del mundo más poética que real –en un estilo más dramático que épico. Aquellos que se hacen las víctimas, son buenos levantando cortinas de humo para compensar sus déficits y lograr sus objetivos, por ejemplo, unos padres que te dejan una cantidad de dinero importante para pagar la entrada de tu piso y luego se quejan de que se precipitaron con el gesto, de manera que se acaban comportando como “jueces” de las decisiones que tomas con “su” dinero.

Si la persona victimizada, es decir aquella que no se hace responsable de su vida ni de su bienestar en su posición de víctima, es tu madre o tu pareja, es probable que vivas su victimismo como un abandono emocional: sin conexión pero con presencia física. Ante esa paradoja, donde existe la esperanza de que todo mejore pero tus necesidades emocionales no están cubiertas, acabas generando un duelo congelado –sientes la pérdida, conectas con tu dolor, pero no puedes avanzar hacia la aceptación.

Dos de las características más frecuentes de las madres manipuladoras y victimistas. O bien tienen personalidad controladora, no dejando que sus hijos tomen decisiones –ni para aprender ni para equivocarse, o bien, todo lo contrario, disfrazan de permisividad lo que en realidad es indiferencia. En ambos casos vamos a tener adultos que habrán desarrollado un vínculo inseguro.

Con una persona tóxica hay que tomar distancia

Existen algunas propuestas para lidiar con personalidades victimistas. Entre las que me gustaría destacar está la recomendación de no responder a sus reproches con un “lo siento”, ya que tu interlocutor podría vivirlo como que te haces responsable de sus quejas. Otra estrategia es que pongas límites en la conversación y a que si el otro intenta traspasar esos límites, que acabes con esa conversación.

Un truco para terminar con una conversación tóxica es decirle: “No quiero seguir hablando de esto. O cambiamos de tema o me voy a dar una vuelta, ¿qué prefieres?”. O si por vergüenza o por una dificultad para enfrentar a las personas con autoridad no puedes cortar la conversación, puedes optar por la respuesta mínima de defensa: contesta a todo “claro, claro” o “ya veo” y desconectar psicológicamente de la conversación.

Y tras una conversación desgastante busca alguna manera de gestionar tus emociones negativas, mediante la autorregulación (ir a caminar, hacer deporte, ver la televisión, hacer manualidades, cocinar, escribir en un diario…) o la co-regulación (hablar con otra persona: un amigo, un familiar, un terapeuta…)

Tres maneras de convivir con una persona victimista

Si por alguna razón no te vas a distanciar, o por que no quieres o por que no puedes,  te damos varias estrategias para vivir con una persona que se hace la víctima:

  1. Positiviza el rasgo. Mira sus quejas y su imposición de control como una máscara con la que oculta su debilidad y su indecisión. Si te compadeces, puedes darle más cariño y seguridad. Llegarás a sentir que debajo de su agresividad pasiva existe un temor irracional.
  2. No es personal, es una enfermedad. Es la enfermedad de la queja y el conflicto. Y como que en todo conflicto hay que atacar y defender, han dedicado mucho tiempo a estar a la defensiva. Su síntoma más grave son las creencias neuróticas, creencias irracionales que no sólo son limitantes sino auto-boicoteadoras. Por ejemplo, si creen que caen mal a los demás, a través de su creencia neurótica buscarán activamente en las conductas de los demás hasta que consigan descubrir tal antipatía. O, por ejemplo, por el temor de quedarse solos, se aíslan de la gente, viviendo como ermitaños, para poder quejarse de que nadie va a verles.  
  3. Pues tú más. Quéjate sin medida, adopta el papel de víctima hasta que el clima conversacional sea tan negativo que no le quede ninguna duda de que compartes su punto de vista pesimista y quejoso de la vida.

Tres maneras de aprovechar lo que puede enseñarte un victimista

  1. Encuentra sus “para qué no sus “porqué”. Esta idea vale para cualquier dificultad, problema, susto o conflicto que tengas en la vida. Pueden ser el espejo en el que veamos nuestros propios desajustes emocionales.
  2. Sé efectivo en la forma de ayudarles. Primero confía en ti. Segundo, confía en que el otro puede cambiar. Tercero, crea la estructura emocional de apoyo que le de permiso para el cambio.  Y, para finalizar, espera a que el otro esté preparado para hacer el cambio.
  3. Ofrécele una ventana al mundo a través de tus logros. Hazle sentir que vive a través de ti. Que contribuye a que tu mundo sea mejor. Su desprecio por sí mismo disminuirá al sentir que hace algo valioso.

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