Encontrarás miles de páginas que hablan sobre el estrés. Hemos querido hacer una propuesta algo distinta, explicándote curiosidades o aspectos menos conocidos o divulgados del estrés.

Definamos el estrés

En psicología, hablamos de estrés cuando una persona está intentando aguantar más de lo que puede y como consecuencia, todo su organismo se activa para hacerle caso… Hasta que no puede más y se derrumba.

Es un concepto que hemos tomado prestado de la física: la fuerza necesaria para deformar o romper un objeto

¿Te has sentido alguna vez deformado o rota por una fuerza externa?

El estrés agudo es una reacción psicofisiológica (una de esas palabras que usamos en psicología para que parezca que entendemos de esto) ante una situación de peligro para nuestra integridad o nuestra supervivencia. Todas las reacciones que ocurren durante el estrés están destinadas a afrontar una situación de peligro y una vez que ha pasado, se desactivan. Algunos les llaman síntomas, pero un síntoma sólo ocurre en las enfermedades y el estrés no lo es. Aunque sí es cierto que el estrés crónico puede facilitar la aparición de problemas de salud.

Sólo los humanos parecemos lo suficientemente estúpidos como para haber organizado una sociedad que nos mantiene en reacción de estrés casi constante: llego tarde al trabajo porque hay caravana (como caaaada día), no llego a final de mes, tengo que darme prisa para aprovechar mis cortas vacaciones… Las causas del estrés son constantes en el día a día.

Como me dijo una vez un cliente: “Voy a yoga para relajarme del estrés que me provoca no poder llegar a tiempo a yoga”.

Una hormona para dominarlas a todas.

El cortisol es una de las hormonas responsables de activar la reacción de estrés. Por sí sola es capaz de bloquear las demás hormonas y otros funcionamientos del organismo, como el sistema inmunológico. A lo largo de este artículo nos la encontraremos varias veces. Se trata de un glucocorticoide segregado por la glándula suprarrenal, situada en la parte superior de los riñones.

Algunas curiosidades sobre el estrés

¿Porque a mi el estrés me engorda y al otro le adelgaza?

Parece ser que se debe al tipo de estrés que experimentamos. Después de un episodio de estrés donde hemos luchado o huido para salvar nuestra vida, el cerebro manda la orden de volver a recuperar esa energía. Pero sólo cuando el episodio ha acabado. Por tanto, si tenemos crisis puntuales de estrés o picos de estrés, tendemos a aumentar la ingesta de calorías entre cortos periodos de tiempo y por tanto engordamos. Si tenemos estrés a largo plazo o de larga duración, no sentiremos la necesidad de comer tanto y entonces el cuerpo perderá peso.

¿Cómo afecta al sueño?

Que una hormona como el cortisol esté recorriendo nuestro cuerpo en cantidades masivas, no facilita en absoluto que nuestro cuerpo descanse. El cortisol mantiene cuerpo y mente en un estado constante de alerta, así que las personas con estrés no consiguen tener un “sueño reparador”. Durante las fases profundas del sueño se segrega la hormona del crecimiento. Por eso, un sueño ligero o superficial dificulta que el cuerpo repare y construya tejidos, y como consecuencia, nuestras heridas y lesiones tardarán más en curarse.

Otro aspecto curioso relacionado con el sueño es que nuestro cuerpo empieza a “despertar” es decir, a activarse aproximadamente una hora antes de despertarse realmente. Así que cuando estamos estresados por despertarnos a una hora concreta, nuestro cuerpo lleva una hora activándose. Por eso, algunas personas se despiertan en medio de la noche y ya no pueden volver a conciliar el sueño.

¿Existe un estrés “no psicológico”?

Por supuesto. El estrés es cualquier situación que ponga en activación al cerebro, pero también al cuerpo. Una comparación muy simple sería un coche que sólo parase para repostar. Al final, acabaría petando. Al cerebro y al cuerpo les pasa lo mismo.

En el caso del cuerpo, una mala alimentación, exceso de entrenamiento, sobrepeso, drogas… obligan a nuestro organismo a una constante adaptación que excede en muchos casos sus posibilidades. Estar semanas sin dormir el tiempo necesario, alimentarse mal o a deshoras, no encontrar un espacio para tener tiempo para desconectar, le da información al cerebro de que tiene que estar alerta y por tanto, nuestro estrés se mantiene. 

Por lo tanto una situación de estrés siempre va a acabar afectando nuestra salud mental, porque la diferencia entre lo “físico” y “psicológico” no existe.

Estrés y embarazo

¿Habéis oído alguna vez que una mujer haya pasado años buscando quedarse embarazada y que en el momento en que ha decidido tomarse un descanso o desistir se ha quedado “milagrosamente” embarazada?

Esto se debe al cortisol, que inhibe las hormonas relacionadas con el embarazo. No tiene ningún sentido intentar reproducirse cuando existe la percepción de peligro, incluso aunque sólo sea subjetiva. Y sí, muchas mujeres viven la imposibilidad de quedarse embarazadas como un peligro para ellas, para su identidad como mujeres.

No es el único factor que influye. Tener que inyectarse hormonas sintéticas, mantener una dieta, y tener sólo sexo “reproductivo”, es ya es sí bastante estresante. Así que las mujeres que buscar tener descendencia a través de la reproducción asistida suelen estar en un bucle de estrés “retroalimentado” por la propia necesidad de ser madres.

De hecho, los factores que hacen que una mujer se quede o no embarazada son lo suficientemente amplios y variables como para que los propios expertos en reproducción asistida no puedan garantizar el embarazo. Quizás a día de hoy, el embarazo sea aún una de las experiencias humanas menos controlables.

Disfunciones sexuales masculinas.

El cortisol es capaz de inhibir la producción de la hormonas intermediarias para la generación de testosterona, la hormona sexual masculina por excelencia. Los bajos niveles de esta hormona en sangre provocan dificultades o ausencia de erección en los hombres. Largas temporadas de estrés para un hombre resulta nefasto para la capacidad de erección.

La erección se produce cuando el sistema parasimpático (sí, el que “relaja” el cuerpo) toma el control. Permite la entrada de sangre en los cuerpos cavernosos del pene, facilitando qué esté duro y erecto. Durante la relación sexual, la “agitación” que se produce hace que el sistema parasimpático dé paso al sistema simpático (el “activador”) y provoca la eyaculación. En situación de estrés el sistema parasimpático tiene dificultades para activarse. Resultado: la erección no llega.

Pero, de la misma manera que comentábamos antes que la búsqueda del embarazo puede provocar estrés, el hecho de que un hombre no consiga una erección puede experimentarse como un cuestionamiento a la propia identidad masculina, lo que se vive como una situación de peligro que genera más estrés… Y la rueda se retroalimenta sin fin. 

De hecho, una de las aproximaciones terapéuticas para la disfunción eréctil por causas psicológicas “prohibe” el sexo con penetración para descargar al hombre de tanta presión.

Otro factor que es poco conocido es el exceso de actividad física como inhibidor de las funciones sexuales y reproductivas en los dos sexos. Una cantidad moderada de deporte es sana ya que activa el metabolismo, moviliza los depósitos de grasa y además genera endorfinas, las hormonas que tienen una canción de James Brown dedicada: “I feel good”.

Se ha comprobado que los deportistas de élite tienen los niveles de testosterona más bajos que la población normal. Además, el exceso de actividad física provoca descalcificación de los huesos, pérdida de masa ósea y riesgo de lesiones. 

En el caso de las mujeres, puede retrasarse o provocar la desaparición de la regla, clara señal de que la capacidad reproductiva se ha bloqueado. En este caso, también participa la cantidad de grasa acumulada en el cuerpo. Un embarazo requiere aproximadamente un gasto de 50.000 calorías, y amamantar a un bebé unas 1000 calorías diarias. Si no hay suficientes reservas como para llevar adelante una nueva vida, el cerebro da la orden de aparcar la reproducción. 

Así que deporte sí, pero sin estresarse

El estrés me pone porque rindo más ¿dónde está el problema?

De entrada, como decimos en terapia breve, sólo hay problema si el paciente lo percibe como problema. 

Si tener litros de cortisol en vena te hace sentir más eficaz, más activo, más productivo y eso te gusta, adelante. Sólo un detalle: como cualquier órgano que se lleva al extremo, acaba desgastándose y dejando de funcionar. En el caso del estrés hablamos de fatiga adrenal: la glándula encargada de segregar el cortisol se queda sin capacidad de producir más hormona del estrés.

Vale, sí, ¿y qué hago para reducir el estrés?

No se puede “acabar” con el estrés, pero podemos hacer cosas para mantenerlo a raya o gestionarlo cuando aparece. Ahí van algunas propuestas.

  • Deja lo que te estresa. La primera solución es tan evidente que es hasta ofensiva: deja aquello que te provoca estrés. Si puedes cambiar de trabajo, de jefe, de piso, de pareja, ya que el estrés que sientes es excesivo, pruébalo. Soy consciente que en nuestra sociedad eso es difícil, pero a veces, un cambio de ambiente es suficiente.
  • Aprende estrategias de manejo del estrés. En algunas situaciones es posible manejar (que no controlar) el estrés con relajaciones, meditaciones, respiraciones, pausas estratégicas cada hora por ejemplo, actividad física o simplemente tomando una cervecita con los colegas -la versión en humanos de las sesiones de desparasitación o acicalamiento que hacen los grupos de primates-. Socializar es una buena manera de bajar el estrés.
  • Quema tu energía. El subidón de cortisol se desactiva en el caso de la relajación o bien se “quema” haciendo deporte. Por eso, algunos pacientes nos explican lo bien que se sienten tras una sesión de zumba o Spinning, por ejemplo. Si no puedes dejar de estar estresado, da salida a tu energía
  • Querer no es poder. En ocasiones, la situación en la que nos encontramos no puede modificarse: estar en paro durante mucho tiempo, vivir con un familiar con una enfermedad muy grave, situaciones de guerra o catástrofes naturales, la imposibilidad de cambiar de puesto de trabajo y tener que soportar al imbécil de tu jefe o a tus compañeros, jornadas de trabajo fuera de convenio, sufrir acoso escolar o laboral… Hay muchos casos en los que aún haciendo frente con todo lo que tenemos, nuestro estrés no puede resolver la experiencia que estamos viviendo.  Algunos casos derivan en lo que en psicología se conoce como “indefensión aprendida”: todo lo que hago para intentar solucionar aquello que me provoca daño no es útil y al final me resigno a no hacer nada. El estrés crónico puede derivar en depresión. Por tanto, estas situaciones merecen la máxima comprensión y no vale eso de “estás así porque no quieres” o “te lo tomas demasiado a la tremenda”.
  • Controla lo controlable. Se ha observado que en las situaciones en que se puede “predecir” el estrés, se presenta con menor intensidad. Cuando tienes la posibilidad de decidir, puedes tomar cierto nivel de control. He tenido pacientes que han reducido su nivel de estrés sólo con salir a la hora de su trabajo y no haciendo “horas extra”. Otros han cambiado la creencia de que si no estaban estresados, las cosas no les iban a salir. Hay situaciones en que es necesario esperar y el proceso sucederá igual estemos estresados o no, así que podemos elegir no estarlo si asumimos que es así.
  • Reduce el consumo de hidratos de carbono. Los azúcares dan un buen “subidón” y mantienen durante un rato nuestro motor revolucionado, pero se agotan rápido. Se ha visto que una menor ingesta de hidratos de carbono a favor de proteínas y grasas saludables, disminuye notablemente la activación.
  • ¡Respira! Ya os hemos contado que existen dos sistemas de control de la activación fisiológica: el sistema simpático y el parasimpático. El primero es el responsable de la vigilia y el segundo de la relajación y el reposo… Y nunca pueden estar activos al mismo tiempo! (excepto durante un orgasmo, que también es un buen desestresante). Si somos capaces de parar un minuto cada hora para parar y respirar conscientemente y además tardamos el doble en expulsar el aire que en inspirarlo, nuestro sistema se empezará a desactivar.

Y bien, ¿Por dónde vas a empezar?

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