El feminismo es un movimiento social y político que persigue la igualdad entre hombres y mujeres. Es un movimiento plural, con diferentes corrientes, con un objetivo común: es una lucha por los derechos humanos, de todos los seres humanos.

Las mujeres feministas, desde todos los ámbitos de conocimiento, llevan décadas denunciando las desigualdades de género y sus consecuencias, revisando y aportando nuevas perspectivas más justas. Afortunadamente, la psicología no es una excepción, y por eso con motivo del día internacional de la mujer dedicamos un artículo al feminismo.

La perspectiva de género en la salud

Las conductas que consideramos “normales” sigue teniendo bastante que ver con lo esperado según el género que se nos ha asignado ya antes de nacer en función de nuestros genitales. A partir de aquí nuestra crianza, la construcción de nuestra identidad, quedará totalmente condicionada por este hecho. “No se nace, sino que se deviene mujer” decía Simone de Beauvoir. Y las características atribuidas a lo masculino están mejor valoradas y reconocidas que las atribuidas a lo femenino, es decir, con una jerarquía entre los géneros donde cada uno conoce bien su lugar.

Obviamente, los profesionales de la salud, psicólogos incluidos, no somos ajenos a prejuicios, estereotipos y roles de género. Por lo tanto, la atención que reservamos a los problemas de salud también es diferente en función de si la personas que tenemos delantes es un hombre o una mujer (u otra identidad sexual diferente). En atención primaria, por poner un ejemplo, las mujeres tienen un 25% más de probabilidades de que sus quejas sean consideradas psicosomáticas, antes de cualquier exploración física, que los hombres. Si es psicosomático lo más frecuente es salir de la consulta con antidepresivos, tranquilizantes o hipnóticos: en 2009 el consumo de hipnosedantes era el doble en mujeres que en hombres (Fuente: DGPNSD: encuesta domiciliaria sobre alcohol y drogas en España).

Las tiranía de las hormonas y el útero errante

El lenguaje define la realidad. Histeria, significa “útero errante”. Lunático hace referencia al ciclo menstrual.

Tanto si se  conforman a los dictados de la feminidad, como si se rebelan a ellos, las mujeres se consideran por lo general como seres inestables. Un ejemplo muy evidente de esto son los problemas de deseo: si se atiende al mandato femenino, la buena mujer no muestra demasiado de su deseo, y debe estar pendiente y disponible para el otro; esto implica muchas veces “deseo sexual inhibido”, o “dificultad en la excitación”. Por otro lado, si disfruta del sexo, si está pendiente de su placer, y está conectada con su cuerpo, puede sentirse inadecuada o egoísta, precisamente porque el mandato es lo contrario. La culpa, los sentimientos de inadecuación, surgen en esta paradoja alienante y perpetua.

El cuerpo alienado

La alienación de la mujer comienza por su cuerpo. El desconocimiento que todavía tenemos de los procesos fisiológicos de la menstruación, y de la anatomía y fisiología sexual es tremendo. Todavía cuesta decir vagina, vulva o coño, y referirse a los genitales como “ahí” o “ahí abajo” es lo más habitual. Hasta 1998 no se describió anatómicamente el clítoris, y aún hoy día sigue sin aparecer en manuales médicos de anatomía.

Los jabones íntimos son publicitados, incluso se pueden encontrar desodorantes para la zona genital femenina. Todavía parece que la vulva y la vagina es sucia y huele mal de forma natural, mientras que del pene y su olor nadie se preocupa.

La tiranía de la estética llega a los genitales; ya no sólo deben estar depilados, ahora también deben adecuarse a un cánon. Todavía no hay un conocimiento de cómo funcionan, pero sí de cómo deber ser vistos por los demás.

Es el ser para el otro, principio básico de la feminidad patriarcal.

La tiranía de la belleza conduce a millones de mujeres a sentimientos crónicos de inadecuación, de culpa y de no ser suficiente: no cuidarse lo suficiente, no comer lo suficientemente bien, no estar suficientemente delgada, o tener un pecho suficientemente..

El autoconocimiento es una de las formas de liberación de la mujer. Saber cómo es y cómo funciona tu propio cuerpo te da poder sobre el mismo, aumenta la autoestima, y promueve el autocuidado.

En cuanto a la menstruación, todavía muchas mujeres se pasan las compresas y los tampones como su fuera algo ilegal, a escondidas, con vergüenza. Un proceso fisiológico que vive más del 50% de la población mundial todavía es tabú.

Lo que sí está normalizado es el dolor y malestar que puede generar la regla,  lo cual también tiene implicaciones para la salud de las mujeres. Un ejemplo claro es la endometriosis, que cursa con diferentes grados de dolor abdominal: se tarda una media de siete años en diagnosticar. Cuando lo que se considera “normal” es que duela, el dolor deja de ser un síntoma al que prestar atención.

Patologización de procesos fisiológicos

El androcentrismo es un sesgo en las ciencias,  y significa que se considera como criterio de normalidad lo masculino.

Es androcentrismo cuando los síntomas que se estudian -y popularizan- del infarto de miocardio son los habituales en el cuerpo del hombre: dolor en el pecho, dolor en el brazo izquierdo. La realidad es que el infarto de miocardio en mujeres tiene síntomas diferentes, como dolor en la parte alta del cuerpo, que puede irradiar a mandíbulas, cuello o hombres, dolor o ardores de estómago, y dificultades para respirar.

La perspectiva feminista en el abordaje de la salud -y en cualquier otro ámbito- no significa obviar las evidentes diferencias biológicas que existen entre los cuerpos de sexo masculino y femenino. Consiste en tener en cuenta esas diferencias, y otorgar el mismo valor a uno y a otro, para poder ofrecer atención, diagnóstico y tratamientos en igualdad de condiciones.

¿Todas las violencias son iguales?

Muchas veces escuchamos aquello de que todas las violencias son iguales. Lo que sucede, sin embargo, es que si no analizamos qué provoca, qué factores la permiten, de qué manera surge, no podemos generar modelos de intervención para prevenirlas y tratarlas. No es igual idear un programa o intervención para situaciones de bullying, que es violencia, que un programa para prevenir o intervenir en casos el mobbing en la empresa, que también es violencia.

En este sentido, una de las aportaciones más importantes del feminismo es el abordaje de la violencia machista. Hay una diferencia enorme entre considerar esta violencia como resultado de desavenencias domésticas, en un entorno familiar privado, provocada exclusivamente por factores personales, que considerarla producto de un sistema social, político y cultural que la sostiene y permite.

Psicoterapia feminista

En los años 60, durante la segunda ola del movimiento feminista, aparecen en EUA los grupos de autoconciencia feminista. En estos grupos donde las mujeres compartían experiencias de todo tipo se pone de manifiesto cómo el sexismo, las desigualdades y las violencias eran comunes a todas ellas, y cómo influyen en el bienestar psicológico de las mujeres. Estos grupos son el origen de la psicoterapia feminista.

La psicoterapia feminista se basa, por tanto, en un análisis de cómo el género y otros aspectos de la identidad como la raza, la cultura, la clase social o la orientación sexual condicionan el desarrollo del individuo, y también la descripción de la patologías, trastornos y disfunciones.

Según la definición que propone Laura S. Brown, la psicoterapia feminista “se ha convertido en un sofisticado modelo de práctica postmodernista, liberador, técnicamente integrador, del análisis de género, ubicació social y poder como una estrategia primaria para comprender las dificultades humanas. Esto la convierte en una práctica que abarca el trabajo con personas de todos los géneros.»

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