La tolerancia a la frustración se entrena, se aprende, se practica…

Lo que prefieras.

El sentimiento de frustración es el resultado de restar nuestras expectativas de aquello que has conseguido. La frase que lo podría definir es esa famosa: ¡por qué poquito!. Sólo tienes que mirar los gestos y las caras de los futbolistas cuando fallan un gol por poco: parece como que se acaba el mundo. (Una suerte que su sueldo no dependa de ello)

La etimología de “frustración” parece que viene del adverbio “frustra” que significa “en vano, inútilmente”. Justo como nos sentimos cuando no sucede aquello que esperábamos. Recientemente un cliente me comentaba la sensación de absurdo de haber invertido en la matrícula de la universidad sólo para darte cuenta de que no era la carrera que querías hacer.

En la frustración se mezclan la tristeza y la rabia.

La tristeza es la emoción que acompaña a la pérdida. Si, ya lo sé, no has perdido nada realmente, simplemente no lo has conseguido, pero era tu expectativa lograrlo, así que como en el cuento de la lechera, ya estaba hecho: sólo tenías que pasar por caja a cobrar. Esa tristeza aparece en relaciones personales que no han funcionado, en la nota que no te permite entrar en la carrera, en ese no de quien tu esperabas que fuera tu pareja para los restos, en ese coche que no te has podido comprar…

El tiempo y la energía necesarios para amoldarse y procesar la pérdida dependerá del tamaño de nuestras expectativas. Las expectativas tienen que ver con la esperanza, que incluye el deseo y la idea de que va a suceder. Cuando no es así, quedamos desesperanzados y decepcionados.

Además, tenemos que sumar la inversión realizada para conseguirlas. Hablamos del tiempo, esfuerzo y energía dedicados a conseguir nuestro objetivo. Ese eurito que apostamos a la primitiva que no acertamos nos generará menos frustración que no aprobar unas oposiciones que nos darían una plaza fija para toda la vida.

Al lado de la tristeza, la rabia, porque alguien tiene que llevarse la culpa de que no lo haya logrado. Si estamos bien educados en la cultura de la culpa judeo-cristiana (te invito a leer mi blog sobre la culpa), nos daremos prisa en cargar todos los errores sobre nosotros mismos. En esto solemos ser muy buenos y enseguida invitamos a nuestros queridos “debería”, “tendría que” o “y si…”, los condicionales de toda la vida.

  • Debería ser mas listo.
  • Tendría que haberlo sabido.
  • Si hubiera respondido la opción “B” en lugar de la “A”…

Ah,… y que no falte el “‘¿Cómo puedo ser tan idiota?” que certifica una culpa “como dios manda”.

En el caso de que nuestro entrenamiento en frustración (sí, ahora voy a eso) sea poco hábil, cuando nos sentimos frustrados, siempre podremos culpar a los demás del desastre y de lo mal que nos sentimos.

Aunque podemos encontrarnos en situaciones donde no nos frustremos sino que seamos frustrados. Cuando chocamos sistemáticamente con otras personas que nos impiden conseguir objetivos que están claramente a nuestro alcance, por motivos en los que no vamos a entrar en este blog y que tienen que ver más con cuestiones jerárquicas que con objetivos. Por ejemplo, tengo un colega que trabaja en el ámbito audiovisual, que no puede mejorar la parte creativa de su trabajo porque sus superiores no ponen a su disposición los medios necesarios, aún cuando esos medios no tengan coste económico. Golpearse con ese muro día a día a pesar de su entusiasmo es frustrante. No nos frustramos, sino que nos frustran.

El resultado en estos casos puede ser un profundo sentimiento de resignación o bien una rebelión fuera del sistema que nos frustra.

La frustración se entrena

Se entrena, se aprende, se practica… Lo que prefieras.

Muy probablemente habéis escuchado alguna vez la idea de “tiene que aprender a frustrarse”, cuando tenemos un niño o niña pequeños que no consiguen lo que quieren y tienen una rabieta.

La tendencia “new age” ha sido procurar por que esas pequeñas criaturitas no lo pasen mal (y de paso, nosotros tampoco), y evitar al máximo que se frustren, así que se ha intentado por todos los medios, facilitarles la vida… Tanto que no han aprendido a lidiar con las decepciones esperables y lógicas del simple hecho de estar vivo.

Expectativas, frustración y angustia.

La frustración es un sentimiento que va desde lo incómodo a lo doloroso. Por eso muchas personas no quieren tomar riesgos: para no tener que experimentar esa desagradable sensación que te recuerda que (otra vez) no lo has logrado. Tienden a evitarla, por eso hablamos de miedo a la frustración o evitación de la frustración. Aunque siendo más precisos, tenemos y evitamos el miedo al mal cuerpo que te deja la decepción de que aquello que esperábamos no haya sucedido.

Como comentamos, la intensidad de la sensación de frustración tiene que ver con el tamaño de las expectativas que tenemos o depositamos en un hecho o momento de nuestra vida.

Puede ser muy decepcionante darse cuenta que a tu edad no has conseguido aquello que te habías propuesto, o bien que aunque lo has hecho, experimentas algún tipo de vacío que no te permite acabar de sentirte plena, completo, realizada…

Puede pasar que las expectativas que arrastramos no tengan que ver con nosotros, sino con las expectativas de los demás sobre nosotros. Al cumplir sus expectativas, nos damos cuenta de que no eran las nuestras. Necesitamos entonces descubrir qué es lo que realmente queremos, lo que puede provocar una sensación de volver a empezar y eso nos deja un saldo en números rojos. Algunas personas prefieren no enfrentarse a eso y siguen adelante, manteniendo una sensación de vacío que intentarán llenar de otras maneras.

Los psicólogos estudian a los 18; los coaches a los 40.

Cuando esto sucede ocurre lo que algunos autores llaman ansiedad o angustia existencial: lo que he hecho con mi vida no es lo que quería hacer con mi vida. Algunos descubren esto temprano, otros tardan toda una vida. Algunos nunca lo consiguen.

Eso sí: en ningún papel está escrito que no tengas derecho y te merezcas intentarlo. Aunque tengas 80. La experiencia de sentirte conectado con la sensación de estar haciendo aquello para lo que crees que has venido a este mundo es muy agradable. Te recomiendo la película “El protegido”, con Bruce Willis y Samuel L. Jackson. En una de las últimas escenas se transmite con maestría esa sensación.

Tolerar es decidir soportar lo que no nos gusta.

Quizás en algún momento de tu vida hayas pensado que podría ser saludable hacer estiramientos. Tu primera sesión será un pequeño infierno de dolores en partes de tu cuerpo que ni conocías. Tus tendones y tus músculos te preguntan qué han hecho para que les tortures de esa manera. Así que sentirás la tentación de no repetir. Sin embargo, si sigues, harás varios descubrimientos. El primero es que a medida que vas entrenando, tu umbral para soportar el dolor va incrementándose, es decir, soportarás más dolor. Al mismo tiempo, te darás cuenta de que cada día llegas más lejos, a pesar del dolor.

Aprender o entrenarse en tolerar la frustración produce el mismo efecto. Poco a poco, no conseguirlo nos genera menos sensaciones incómodas y al mismo tiempo, somos capaces de llegar más lejos y con más facilidad. Y entonces consegues lo que antes no te atrevías ni siquiera a intentar porque estabas anticipando esa desagradable y dolorosa sensación que es la frustración.

Además, manejar cada vez con más facilidad la frustración nos da tiempo para ser creativos y resolver de maneras distintas los problemas que se han presentado y que nos han impedido conseguirlo. El sentimiento de frustración se vuelve breve y débil y a cambio afloran un nuevo mundo de posibilidades.

¿Quieres empezar a entrenar tu umbral de tolerancia a la frustración? Te propongo que, al igual que con los estiramientos, empieces despacio, llegando sólo hasta lo que estés dispuesto a soportar.

  • ¿Te da vergüenza equivocarte al dar el cambio? Hazlo con una cantidad pequeña.
  • ¿Crees que no serás capaz de soportar un no por respuesta? Consigue un no de alguien o para algo que te importe poco y ve incrementando la intensidad.

Un enfoque de terapia breve estratégica te puede permitir conseguirlo en un periodo corto de tiempo.

Fracaso y frustración no son lo mismo, aunque juegan el mismo partido.

Para terminar, diferenciar entre las experiencias de fracaso y frustración.

Como hemos dicho hasta aquí, la frustración se relaciona con las expectativas, pero no es imprescindible mi participación en esas expectativas. La frustración también llega cuando simplemente esperamos y no sucede.

“Hoy quería ir a la playa, pero está lloviendo”

En el fracaso, nuestra participación es imprescindible: el resultado depende de nosotros, así que también será nuestra la sensación de responsabilidad y culpa si nuestras expectativas no se cumplen.

  • Hubiera podido hacer más…
  • Hubiera podido hacer un último intento
  • Debí haber sido más hábil/ inteligente/ precavido/…………….. (rellena la línea de puntos.)

La experiencia de fracaso puede ser también muy dolorosa, limitante e incluso nos puede paralizar, y es un tema suficientemente intenso para otro blog.

Recuerda que estaré encantado de recibir tus comentarios, dudas o preguntas al respecto del tema y estoy a tu disposición para ayudarte a sobrellevar mejor la frustración.

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