En la práctica clínica solemos tratar problemas concretos que dificultan el día a día de las personas. Nos enfocamos en sus posibles soluciones y proponemos alternativas para resolverlos. Sin embargo, a veces el malestar de nuestros clientes no obedece a nada concreto, sólo que la persona siente como un vacío en su vida difícil de llenar. Es entonces cuando podemos intentar investigar y aliviar ese sufrimiento a través de la psicoterapia existencial.

En busca de sentido

Dentro de las terapias psicológicas  la psicoterapia existencial es un tipo de terapia enfocado a llenar o al menos reducir el vacío que algunas personas sienten por la vida misma, por su sentido o significado (las usaré como sinónimas en este blog) o por la trascendencia de nuestra existencia.

La mayoría de gente consigue llevar una vida dedicada a las necesidades del día a día, a los problemas cotidianos, a los proyectos personales o laborales, y eso les permite tener una vida que denominarían “plena”.

Otras en cambio, se enfrentan a la sensación de vacio que les provoca no encontrar un sentido a su vida o a la propia vida misma. Suelen preguntarse:

  • ¿Cúal es el sentido de la existencia?
  • ¿Qué sentido tiene estar vivo?
  • ¿Habría alguna diferencia si no hubiera nacido o ahora mismo desapareciera?
  • ¿Cual es la finalidad de mi vida?
  • ¿Cómo puedo trascender mi mortalidad?
  • ¿Merece la pena o sirve de algo todo esto?
  • ¿Cómo afectaría si desaparezco ahora mismo?

Estas son algunas preguntas que se hacen las personas que se enfrentan a una crisis existencial. El vacío provocado por la falta de sentido (o la percepción de falta de sentido) genera una profunda sensación de angustia. Como ya hemos comentado en otras entradas, la angustia es la emoción del miedo a no saber o no poder saber. Dado que no hay una respuesta que explique el sentido de mi existencia, vivo una vida sin significado, sin un objetivo que trascienda la propia vida y que de alguna manera, quede tras mi marcha de este mundo. Todo lo que he hecho y todo lo que haré, no sirve para nada. 

Esta idea o percepción puede generar una gran sensación de desesperanza, la idea de un sufrimiento sin sentido y una profunda depresión. Durante la psicoterapia existencial se descubre una crisis existencial esta sintomatología.

Suele ser más fácil vivir para quienes tienen fe. Y no hablamos de una fe exclusivamente religiosa, sino una fe en el significado de nuestro paso por este mundo. La fe tiene la particularidad (la ventaja en este caso) de ser incuestionable, inalterable. La fe tiene una carácter tautológico, es decir se encierra y se defiende a sí misma: “tengo fe porque creo y creo porque tengo fe”.

La persona con crisis o angustia existencial ha saltado al otro lado de la valla y ya no puede volver. Le resulta imposible creer sin tener la triste sensación de autoengaño.

Algunos pacientes sienten además una profunda sensación de culpabilidad, al reflexionar sobre si están aprovechado su vida, si lo que están haciendo es suficiente para trascender a la muerte y si de alguna manera, podrían hacer algo más. 

¿Tiene sentido, la vida?

Ahora mismo, es una pregunta imposible de resolver. Para responderlo, necesitaríamos ir más allá de la vida, encontrar un objetivo, un proyecto, un plan más importante que la simple vida y luego volver para poder explicarlo. Si alguien lo ha hecho, no le conozco.

Todas las formas de trascendencia más o menos místicas serían cuestionables desde un enfoque racional o lógico, y al mismo tiempo, ningún cuestionamiento racional o lógico puede demostrar que la vida no tiene sentido.

Así que, en nuestra búsqueda de sentido, lo único que podemos hacer es precisamente, elegir el sentido que queremos darle. No importa si uno se dedica al altruismo más extremo como si vive una vida hedonista, dedicada al placer inmediato, o bien opta por pasar tranquila y discretamente por el camino de la vida. Ninguna de las opciones puede ser considerada mejor que otra en sí misma. Del mismo modo, tampoco podemos considerar que una vida sea más plena o auténtica que otra.

Es normal que, tras haber cumplido nuestros proyectos materiales, nuestras expectativas de cómo debe de ser una vida “bien vivida”, o cumplir con las expectativas familiares, nos encontremos que nada nos llena, nada nos satisface, que no encontramos la calma, la plenitud, la alegría de vivir… Muchas personas intentan encontrar ese sentido percibiéndose como algo más que un individuo aislado e intentando conectarse con algo más grande que él mismo. Dedicarse a la familia, a los proyectos sociales, a la ayuda a los demás permite dar un sentido más allá de lo simplemente material. Son conocidos algunos grandes magnates que, habiendo llegado al máximo de su productividad, dan el salto a la ayuda a los demás como forma de sentir un equilibrio con la propia vida.

La conciencia de la propia muerte.

Una vez escuché una frase que me impactó: “el ser humano es el único animal que tiene conciencia de su propia muerte y aún y así, es capaz de reír.” no he sido capaz de encontrar al autor

La muerte da y quita al mismo tiempo el sentido a la existencia. Por un lado, si fuéramos inmortales, no tendríamos ninguna urgencia por desarrollar nuestros proyectos, por experimentar, por vivir. 

Quizás no nos interesaría el arte o avanzar tecnológicamente. ¿Qué sentido tendría dedicar nuestro tiempo a nada de eso?

Por otra parte, la muerte le quita sentido a la propia existencia. ¿Si vamos a morir, para qué tanto sufrimiento, tanto esfuerzo, tanta pena?

Así que la mayoría de seres humanos vivimos ante la negación constante de la muerte, siempre presente en los límites de la conciencia, como forma de sobrellevar el día a día. 

Esta negación puede ser una de las neurosis más sanas que podemos experimentar, ya que nos permite seguir adelante.

En la proximidad de la muerte, ya sea la de alguien cercano o la lla propia, muchas personas reformulan sus valores, sus preferencias, sus prioridades y suelen optar por una vida donde vivir experiencias está por encima de la acumulación de bienes. Sabemos que no nos vamos a llevar con nosotros lo que poseemos aquí, así que, quizás sea mejor invertir nuestros medios y esfuerzos en vivir experiencias que sean enriquecedoras antes que seguir llenando nuestro vacío con objetos que proporcionan una satisfacción fugaz.

¿Cómo es la psicoterapia existencial?

En primer lugar, es necesario analizar con el cliente cuales son las creencias especificas que generan los miedos propios de la angustia existencial. Después de sacarlas a la superficie, será útil cuestionar la validez de esas creencias y a que tipo de vida conducen.

La terapia suele sacar a la luz algunas de las propias posibilidades del paciente que le pueden permitir reducir esa angustia existencial.

La psicoterapia existencial no busca en absoluto conseguir que el paciente “vuelva a creer”. Si consigue encontrar algo que le proporcione plenitud en su vida, será estupendo, pero si conseguimos que el día a día de nuestros pacientes sea menos angustiante y pueda centrarse en pequeñas cosas cotidianas que le proporcionen un cierto bienestar, también será una solución válida. A fin de cuentas, los años se consiguen con días, los días, con minutos, los minutos con segundos. Puede realizarnos tanto el mayor de los proyectos como pequeños logros diarios; no hay norma en eso.

Es posible que a tu alrededor encuentres personas que no son capaces de comprometerse con grandes proyectos, pero en cambio, son capaces de crear pequeñas ilusiones diarias. Posiblemente vivan en esa crisis existencial.

Durante el proceso de psicoterapia existencial también podemos investigar cuál es la visión del mundo para la paciente, el entorno, la sociedad en que le gustaría vivir. Esa visión puede dar paso a la misión que uno tiene en esta vida, la respuesta a la pregunta “¿Qué hago aquí?” o ¿Por qué me gustaría ser recordado?”

Aunque pueda parecer tentador juzgar a estas personas que no aprovechan “el regalo que es la vida”, hay que considerarlo una opción como otra cualquiera. Aquello que estas personas pueden necesitar y que les puede proporcionar un poco de paz, no necesita estar conectado con ningún misticismo y ninguna creencia. 

Uno de nuestros más conocidos escritores contemporáneos, Miguel Delibes, sufrió durante toda su vida lo que él llamaba “melancolía”, por la pena y el esfuerzo que le implicaba vivir. Su melancolía o depresión melancólica, como la llamaríamos en psicología, se acrecentó cuando perdió a su mujer antes de los cincuenta años. En uno de sus libros, describía a su esposa como “una mujer, que con su sola presencia, aliviaba la pesadumbre de vivir”.

Para cualquiera tiene que ser muy duro considerar la vida como algo que genera pesadumbre. El escritor Miguel Delibes vivió hasta los 90 años, aquejado siempre de esa pesadumbre, pero aún y así, ha trascendido su propia vida con sus libros, algo que probablemente a él no le llenaba. 

Así que……. ¿Por qué querrías ser recordado?

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